¿Nuevos tiempos?

Coyuntura semana 15 de agosto 2022

¿Nuevos tiempos?

Desde el inicio del siglo XXI, América Latina ha vivido una serie de dinámicos procesos social-políticos de profunda disputa entre las clases que habían controlado históricamente el poder político y económico, por un lado y, por otro, su contraparte, la organización popular de resistencia, expresada de mil formas distintas, adecuadas a cada caso en particular y a cada realidad concreta.

En más de una ocasión se ha pretendido interpretar aquellos fenómenos esbozando escenarios comunes, sean estos de avance o de retroceso en las luchas populares, muy particularmente en lo que concierne a aspectos institucionales como el acceso al Ejecutivo por fuerzas de corte popular, de izquierda, reformistas, liberales o progresistas; lo mismo ocurre al interpretar procesos que acaban en el desalojo de fuerzas conservadoras de corte burgués oligárquico o proimperialista.

Esa tendencia a generalizar, particularmente desde el análisis de izquierda, que es el que nos interesa, porque representa o aspira representar el punto de vista del interés de los pueblos, en el sentido de las mayorías explotadas e históricamente marginadas o excluidas, tanto política como social y económicamente, puede llevar -y de hecho ha llevado- a no pocas limitaciones y errores a la hora de interpretar nuestras propias realidades.

La generalización como doctrina
Se puede recurrir a múltiples ejemplos de lo que afirmamos, pero solo esbozaremos dos que, por su magnitud, grafican el estado de la cuestión.

El primero es el Neoliberalismo que, desde el inicio de su implantación violenta y descarnada en el continente americano, en los años 70 del siglo pasado, se ha transformado no solo en una realidad económica sino en un esquema cultural omnipresente, en un estilo de vida que ha marcado la conciencia, gustos y costumbres de generaciones de hombres y mujeres en el mundo, que han internalizado la visión superlativa del mercado como regidor de destinos, como parte del sentido común. Como resultado de aquella influencia se han conformado sociedades que han asimilado el discurso dominante y adherido a un cierto consenso en torno a la capacidad del individuo sobre el colectivo, desarrollando sociedades como las actuales, individualistas, egocéntricas, insolidarias y profundamente competitivas, cada vez más violentas y desestructuradas. Sin duda, en estas sociedades también habita el germen de la resistencia y la lucha, pero nos referimos aquí a los valores e ideas impuestas por la cultura de la clase dominante.

Aquella visión del neoliberalismo nos llevó a interpretar que la esencia de su accionar era la reducción del Estado a su mínima expresión, transformando la vida en un “sálvese quien pueda”. De tal modo que, ante los ojos de la sociedad, aquellos gobiernos que dejaban todo al designio de la mano oculta del mercado, al poder de las transnacionales, las privatizaciones y la globalización, fueron considerados “neoliberales”, que lo eran y lo siguen siendo, por cierto, pero en esa generalización se incluyó la premisa contraria, es decir, que todo aquel gobierno que rompa con esa lógica de arrasar con el Estado, de
renegar de la política de privatizarlo todo, significaría una superación del mismo, y a ello se le adjudicó un carácter post-neoliberal.

De tal modo que nuestra propia falta de profundización y comprensión de las estrategias del capitalismo, no solo para su supervivencia sino para su reestructuración y revitalización, nos impedía ver las etapas de implementación del modelo, conformándonos con creer que el neoliberalismo consistía en aquella fase brutal de imposición capitalista. En esa misma lógica, se adjudicaron virtudes superadoras del modelo a aquellos proyectos que no eran, en realidad, más que fases encargadas de afianzarlo a través del consenso. El neoliberalismo siguió vivo y gozando de buena salud, muy a pesar de los alegatos que desde la izquierda afirmaban que estaba en su etapa terminal.

El segundo ejemplo se relaciona precisamente con nuestras visiones acerca de los ciclos progresistas. Tal como sucedió con el modelo neoliberal, al pensar linealmente que solo podía adoptar una forma concreta, y bajo ninguna circunstancia su aparente “opuesto” (retomar, por ejemplo, el carácter social del Estado, abogando por la “inclusión de los excluidos”, etc., etc.), se percibió el surgimiento de una suerte de “movimiento progresista”, que fue colándose por las grietas del sistema hasta acceder, por medio del sufragio, a los más altos estamentos de la administración del Estado.

Aquel progresismo se tiñó de un discurso de izquierdas para plantear que respetando los códigos legales vigentes se podría cambiar el sistema por dentro, a través de un masivo proceso de ciudadanización de la sociedad. El mantra de la ciudadanización de enormes sectores populares, para ampliar la base social (electoral) se volvió un objetivo estratégico.

Millones de pobres del campo y la ciudad participaron por primera vez en su vida en procesos electorales, recibiendo el beneficio de nuevas políticas sociales que hacían realidad aquel famoso “goteo” de riqueza, que los modelos neoliberales prometían, pero que jamás habían cumplido.

A este proceso de ampliación de la base de apoyo social y electoral, se le sumó uno más o menos extenso de “reingeniería” de las bases estructurales, que aseguraban la hegemonía del modelo capitalista. Sin afectar las formas productivas y de acumulación financiera del modelo, se vivió una relativa paz social y una caída de los índices de pobreza en América Latina.

Esos procesos tampoco afectaron sustancialmente la tasa de ganancia de las burguesías locales, por el contrario en no pocos países el proceso de concentración del capital siguió, e incluso, se aceleró1.

Pero ese ciclo se cerró de manera abrupta y se sucedieron golpes de estado clásicos y de nuevo tipo, combinados con derrotas electorales de los gobiernos de corte progresista.

1 Según datos del FMI, en el caso del Bolivia el PIB per cápita subió de 1.736 US en 2005 a 3.393 US en 2017; en Brasil el PIB per cápita subió de 2.819 US en 2002 a 12.026 US en 2014. En el caso de El Salvador, el PIB Per cápita en 2019 fue de 4.167 US$, 114$ mayor que el de 2018, que fue de 4.053$. Para ver la evolución del PIB per cápita resulta interesante mirar unos años atrás y comparar estos datos con los del año 2009, cuando el PIB per cápita en El Salvador era de 2.858 $.
Aquellos mismos que habían celebrado el apogeo del ciclo, concluyeron de inmediato que la contraofensiva imperial por reconquistar sus mercados a través de la reposición de sus socios oligárquico burgueses locales, representaba el “fin de un ciclo”, resolviendo así, con un simplismo a conveniencia, que todos los gobiernos defenestrados lo habían sido por las mismas causas y que, además, todos ellos compartían una ideología que desde la academia y la política denominaron “progresista”. Para estos generadores de opinión, era (o había sido) lo mismo el gobierno de la concertación chilena que el de la revolución ciudadana correista, el “liberal-progresista” de Zelaya que el indigenismo plurinacional de Evo, el reformismo conciliador con los poderes fácticos de los gobiernos del FMLN, que el neodesarrollismo intentado por Lula en Brasil o por el kircherismo en Argentina.

Al generalizar, al otorgar a todos el mismo carácter, el análisis perdió la capacidad de distinguir las particularidades y, con ello se privaba a los pueblos de elementos esenciales para comprender causas y efectos, errores y aciertos de cada proceso en particular. El falso carácter post-neoliberal otorgado a ese progresismo nos privaba de la posibilidad de la crítica a fondo, aquella que pudiera empoderar a los pueblos con valiosas herramientas basadas no solo en el conocimiento empírico de la lucha sino de la síntesis teórica, superadora, de su propia experiencia.

Hoy, los mismos que agitaban aquel fantasma del “retorno neoliberal” con los Macri, Bolsonaro y compañía, ven entusiasmados en el rosado mapa del progresismo, que abarca América Latina de norte a sur, una nueva superación de aquel neoliberalismo salvaje.
Jamás comprendieron las etapas de la estrategia como integrales y funcionales a la estabilización del sistema. Y siguen sin entenderlo.

No negamos con estas afirmaciones la ventaja que representa para los pueblos contar con gobiernos más democráticos, menos represivos, menos autoritarios, más permisivos con la organización social y política, y sobre todo con políticas más distributivas hacia sectores más amplios del pueblo.

Pero esa realidad no puede ni debe ocultar otra, igualmente tangible, y es el carácter continuista del sistema, empotrado en lo más profundo de las ideas de estos gobernantes “progresistas” que tiñen de rosa pálido socialdemócrata los mapas de América Latina. No reconocerlo es ocultarlo, y hacerlo es privar a los pueblos de una alerta necesaria para su supervivencia y triunfo.

No se trata de gobiernos enemigos de los pueblos, pero no harán nada a favor de estos, más allá de la inercia que permita el modelo capitalista dependiente. Con independencia de buenas o malas intenciones, todo lo que hagan en favor del pueblo que los llevó a la presidencia, se reducirá a la resultante de la correlación de fuerzas existentes.

Si no sienten la presión permanente del pueblo movilizado, de la agitación de los nuevos sujetos sociales surgidos al calor de las nuevas luchas, que serán los encargados de velar por el cumplimiento de los compromisos adquiridos en las campañas donde solicitaron sus votos, esas promesas difícilmente sean cumplidas. No sucedió eso en procesos anteriores, en aquel “primer ciclo”, y los pueblos ya sufrieron aquellas consecuencias. Son las lecciones que no pueden olvidarse.

El Salvador ¿Una revolución burguesa?
La gran habilidad de los poderosos siempre ha sido parecer más fuertes de lo que realmente son. Posiblemente estemos viviendo en medio de un proceso de cambio histórico mucho más profundo de lo que somos capaces de percibir.

A contrapelo de los procesos que en Nuestra América colocan a los pueblos en mejores condiciones para revitalizar sus luchas emancipatorias, cuyo último exponente ha sido la ruptura de 214 años de hegemonía conservadora oligárquica en Colombia, en El Salvador vivimos un proceso de profundo retroceso, no solo en términos de conquistas democráticas que habían sido ganadas con sangre y sudor, sino que se manifiesta en una muy marcada concentración de la riqueza, crecimiento de la pobreza y de la pobreza extrema, alto endeudamiento externo, aumento exponencial de la migración, y precarización general de las condiciones materiales de vida de amplias mayorías pobres y crecientemente empobrecidas.

El régimen imperante en El Salvador desde 2019 ha sido calificado por distintos analistas y estudiosos tanto locales como internacionales, en grados diversos de deterioro democrático (en los términos habitualmente aceptados por los defensores de los sistemas demoliberales), como una democracia híbrida, democracia autoritaria (en el sentido de las llamadas democracias de excepción estudiadas por Moldiz), autocracia electoral, una dictadura con rasgos neofascistas, un proceso dictatorial en desarrollo, o una autocracia.

Cada una de estas categorizaciones aporta, sin duda, una parte de verdad a un modelo de dominación que, asentado en amplias campañas mediáticas de promoción del presidente y sus políticas, con fines exclusivamente de mercadotecnia electoral y promoción personal, parece promover más que un proyecto de gobierno.
El retroceso en derechos políticos, la persecución política -bajo la excusa de combatir la corrupción- dirigiendo las acciones exclusivamente a figuras de oposición, el desmantelamiento de mecanismos de transparencia, el apoyo a la reelección presidencial a pesar de su inconstitucionalidad y la virtual eliminación de la independencia del sistema judicial, parecen conformar un patrón que abarcaría mucho más que la simple continuidad del gobierno de un partido o del régimen de un autócrata. Recuerda más a las formas en que en sus orígenes las burguesías tomaron el poder, barriendo, por los métodos que fuesen necesarios, la superestructura estatal y las relaciones sociales y de producción que sostenían el llamado “Ancien Regime”.
En El Salvador, una camarilla encabeza el gobierno de una facción de clase emergente; un sector cada vez más poderoso de la burguesía comercial y financiera, aliada a sectores oligárquicos, también ligados a capitales multinacionales con intereses globales, llegó al gobierno con un proyecto que cada día parece más claro, en la medida que se va imponiendo con la fuerza y los recursos necesarios, mientras evidencia estar dispuestos a utilizar todo aquello que se requiera para imponer su voluntad.
No llegaron al gobierno con un proyecto antiimperialista sino, por el contrario, de la mano de los sectores más duros de Washington, bendecido por el estado profundo, o gobierno permanente de los EEUU, aunque haya entrado rápidamente en contradicciones secundarias con el temporal ocupante de la Casa Blanca tras la salida de Donald Trump.
Paso a paso, sin darse un respiro, el régimen ha ido configurando un escenario donde el modelo capitalista dependiente, establecido a lo largo de décadas, así como la
participación de las clases dominantes en el control del Estado y de las riquezas, pasa a ser gestionado, organizado y reestructurado en función de los planes estratégicos del nuevo grupo burgués dominante y sus socios. Su objetivo: la reconfiguración del modelo neoliberal dependiente y la modernización del Estado, puesto al servicio de sus intereses.
En más de una ocasión a lo largo de la historia y cada vez que el sistema capitalista o su modelo económico parecían agotarse o estar en crisis profunda, ya sea por la amenaza de clases subalternas, por luchas interburguesas, o por las limitaciones propias de un sistema que ya no garantizaba las expectativas de expasión capitalista esperadas, la burguesía ha utilizado sus importantes cuotas de poder en favor de sus objetivos estratégicos.
La modernización del modelo, la integración internacional, la apertura a la participación financiera multinacional, diversos procesos de industrialización y de cambios radicales en el modelo productivo, representaron en más de una ocasión el ascenso de clases o sectores de la burguesía, que se imponían y desplazaban a quienes previamente detentaban el poder y entorpecían el crecimiento de grupos burgueses emergentes. En más de una ocasión esos procesos de contenido revolucionario-burgués, tuvieron lugar a través de golpes de Estado violentos, guerras internas, o la imposición de regímenes autoritarios, incluso intervenciones imperiales directas o indirectas, que rompieron y cambiaron radicalmente las reglas del juego establecidas.
El surgimiento de los llamados “Cuatro Tigres Asiáticos”2, o los tigres menores, conocidos como los “Pequeños Dragones”3, resultan ejemplares de la manera en que sectores burgueses desplazan del poder, a fuerza de respaldo militar o de alianzas estratégicas, y en la mayoría de los casos con un fuerte respaldo imperial, a sectores de la burguesía previamente hegemónicos. En América Latina abundan los casos de golpes de Estado con esas características; baste revisar la experiencia de los 70s en el sur del continente destinada a imponer el modelo neoliberal a sangre y fuego, aniquilando toda resistencia popular como pre-condición para imponer el modelo.
Hoy la clase burguesa emergente en El Salvador parece mover sus piezas hacia una reestructuración total del Estado, la superestructura de poder y la conformación de un nuevo consenso social, que asegure al grupo dominante el establecimiento sólido de las bases de poder por un largo periodo.
Asi se comprende la flagrante falta de respeto y desdén absoluto hacia toda forma de normativa que limite su acceso al control total, dejando en pie solo aspectos formales, que no representen límite alguno a sus aspiraciones (por ejemplo, la formal y aparente separación de poderes que, sin embargo, hace tiempo ha sido subsumida por el poder Ejecutivo en manos del grupo burgués ascendente).
Lo mismo se puede decir del metodo de “tierra arrasada” aplicado a todos los instrumentos que pudieran significar algún tipo de control externo del uso de fondos, toma de decisiones, y reorganización estatal. En ese sentido también se enmarca la persecución a sectores burgueses y oligárquicos que no hayan accedido a las condiciones de subordinación que pretenden imponer desde su nueva situación. Al igual que la beligerancia por el control informativo, y contra organismos internacionales de cooperación, derechos humanos, etc.

2 Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur, Singapur
3 Malasia, Indonesia, Tailandia, Filipinas
El útimo ejemplo de esta política es la virtual desaparición del organismo encargado de las encuestas y estadísticas oficiales, y la evidente cooptación del árbitro electoral. Pasar por alto las normas constitucionales, y la construcción de una nueva constitución, a la medida de las necesidades del Estado que requiere el grupo emergente para transformase efectivamente en clase hegemónica dominante, pueden ser los capítulos estratégicos para consolidar la materialización del nuevo proyecto.
No ha sido en nada extraño al proceso que las primeras medidas del grupo gobernante hayan sido orientadas al creciente despliegue de la fuerza armada en todo el territorio nacional, como herramienta multi-uso de la camarilla en el poder, pero también como control social, junto a la policía, para garantizar la “paz social”.

La llamada guerra contra la pandillas, estableció verdaderos cercos de control sobre miles de comunidades que concentran la inmensa mayoría de sectores vulnerables, sobre los que ejercen no solo control policial-militar, sino construcción de apoyo en base a programas asistenciales.
En este marco también empieza a cobrar otra lógica el esfuerzo permanente por asegurar no solo la popularidad presidencial sino el imprescindible esfuerzo por establecer en “el sentido comun” de las mayorías la percepción que el presidente vela por su pueblo, no hace nada en su contra y toma siempre las mejores decisiones.
Finalmente, ningún proyecto de dominación puede mantenerse solo a fuerza de represión o de propaganda, la crisis económica sigue siendo un punto débil del proyecto; a menos que logren resolverlo, lo planes se debilitan. Para ello, el grupo burgués emergente debe resolver sus contradicciones con EEUU, llave que abre o cierra el financiamiento.
La serie súbita de extradicciones de pandilleros y otros criminales en los últimos días y el anuncio de Washington de un titular de carrera para su embajada en San Salvador, parece indicar que algún tipo de acuerdos estuviesen en el aire.
Nuestras tareas
Para el campo popular, el fracaso del nuevo esquema de dominación puede depender de la capacidad de los sectores más lúcidos del pueblo para organizar y dirigir la resistencia, aglutinando fuerzas orientadas a tal objetivo. Identificar con claridad al enemigo del pueblo, es decir, la alianza burguesía-oligarquía–imperio, resulta determinante para identificar también a los aliados del pueblo, temporales o permanentes, y con ellos construir las bases de un proyecto verdaderamente transformador, y superador de la larga noche en que la burguesía está sumiendo al país.
Seguramente, seguir los planes del clan en el poder, hacerle el juego a su maniobras institucionales, como por ejemplo la participación electoral activa en los comicios de 2024, resultará no solo en la legitimación del régimen, sino en una pérdida de oportunidades para acumular fuerzas desde el campo popular, a partir de la integración en las luchas más sentidas del pueblo, como el derecho a la vida digna, el respeto a los derechos humanos y a la defensa de las condiciones materiales de vida de las grandes mayorías, hasta hoy adormecidas pero latentes y prestas a explotar en la medida que resulte imposible para el régimen dar respuesta a sus necesidades.
RLL 

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