Coyuntura semana al 11 de julio 2022
¿Se materializan los acuerdos?
Todo régimen fascista tiene entre sus características más comunes la necesidad permanente de utilizar la narrativa de la existencia de una fuerza enemiga contra el pueblo; esto como elemento cohesionador de las masas populares en torno al líder, que se adjudica el rol de máximo defensor, representante directo del pueblo y virtualmente quien piensa y decide por éste. Se trata, al fin y al cabo, de un modelo que aúna el populismo, el autoritarismo y el paternalismo.
En el régimen vigente en El Salvador desde hace tres años, la figura del enemigo ha estado siempre a la mano.
Entre la amplia lista de enemigos fabricados a lo largo de los últimos 36 meses, destacan por supuesto “los mismos de siempre” que engloba al conjunto de la oposición, con especial énfasis en los partidos que ejercieron el gobierno nacional desde la firma de los acuerdos de paz; y más específicamente a los gobiernos del FMLN, así como a su dirigencia y militancia. Pero la lista no se detiene ahí.
De acuerdo a las circunstancias y conveniencia del régimen, la narrativa incluirá a los periodistas “incómodos”, es decir todos aquellos medios y profesionales que el régimen no controla. Durante la pandemia, el cuerpo legislativo que no dominaba el nuevo Ejecutivo, el sistema judicial fuera de su control y hasta las personas que, desesperadas por su situación de hambre y necesidad, se arriesgaban a romper las condiciones draconianas de militarización impuestas durante la cuarentena sanitaria, se convirtieron en su momento en objeto de escarnio presidencial; aquellos legisladores fueron calificados como “asesinos del pueblo”; en el caso de los violadores de los cercos militares-sanitarios, muchos serían confinados en centros de contagio y convertidos, en consecuencia, en enemigos de un pueblo al que solo el presidente protector defendía.
Las pandillas y el crimen organizado pasaron a ocupar su lugar como enemigos solamente cuando se desbarrancaron los acuerdos entre el gobierno y los delincuentes; a partir de ese momento, el hecho de declarar una supuesta “guerra contra las pandillas”, significó una escalada represiva y violatoria de derechos humanos, que solo encuentra precedentes en periodos anteriores a 1992.
Ante los reclamos frente al salvajismo policial, militar y penitenciario las voces que reclaman respeto a los derechos humanos, nacionales e internacionales, se sumaron a la lista de varias otras organizaciones que ya habían sido declaradas “enemigos públicos” por el autócrata, en distintos momentos a lo largo de los meses de gestión presidencial.
La emboscada a policías en Santa Ana, que produjo tres bajas en la fuerza policial pero que, por sobre todo, dejó en claro que no existe inteligencia efectiva, ni plan, ni mucho menos control territorial, sino pura y simple improvisación y manipulación, no solo de la población pues también manipulan a los elementos policiales, enviados sin las debidas condiciones materiales de equipamiento a supuestos “combates”, donde a cambio de sus vidas los convierten discursivamente en “héroes”, otra letanía dirigida a “blindar” colectivamente a la sociedad detrás de otra falsa percepción. Esto último, para seguir sembrando en la sociedad uno de los peores cánceres, el de la falta total de empatía, el de la complicidad y justificación de la violación a derechos fundamentales, bajo el paradigma de la venganza y no de la justicia.
Por último, llegaron las tormentas habituales de invierno, las mismas que año con año caen sobre el istmo centroamericano, aquellas para las cuales se preparan a conciencia los gobiernos de la región. Las de este año, incluyendo tormentas tropicales y hasta una conformación que evolucionó a huracán de baja categoría, no se diferencian mayormente de las precipitaciones normales del periodo. Sin embargo, las primeras lluvias desnudaron la desidia, incapacidad y parálisis del régimen en cuanto a prestar atención a las necesidades de ese mismo pueblo del cual se llena la boca diciendo defender y representar.
Las lluvias evidenciaron también la ineptitud y pésima calidad de las escasísimas obras de reparación o mitigación realizadas en el periodo; trabajos que fueron destruidos a causa del mal diseño y construcción, desarrollados en colonias que volvieron a ser afectadas. Queda la duda si los vecinos que salieron a reclamar “soluciones de verdad” y a denunciar la calidad de las obras realizadas, se convertirán de pronto en nuevos “enemigos públicos”. Ya el infame ministro Bidegain, se atrevió a responder a las críticas de la oposición y de los medios, acusando a sus críticos de “reírse de las desgracias del pueblo”.
Lo cierto es que de pronto la naturaleza, las lluvias, las tormentas, parecen haber sido declaradas también enemigos del pueblo y, como era difícil culparlas en exclusividad, deciden presentar a varios funcionarios como el alcalde de San Salvador, la reaparecida Carolina Recinos, el ministro de Defensa y algún que otro policía, rigurosamente uniformados con capas amarillas y botas de lluvia, aunque la tormenta ya había pasado sobre el territorio nacional, para recordar que el autócrata, a través de sus cuentas de redes sociales, había ordenado la suspensión de clases, incluso las virtuales (¡¡!!), y como había que criminalizar a alguien, la funcionaria Recinos se encargó de amenazar en la conferencia a maestros y directores de escuelas (públicas y privadas) que se atrevieran a decidir por criterio propio si las condiciones ambientales ameritaban o no la suspensión de la actividad escolar en los centros que dirigían.
El punto central ya había dejado de ser la tormenta, el eje era la obediencia, la generación permanente de la falsa idea que “el gobierno protege al pueblo frente a insensibles e indisciplinados”, que se convierten de golpe en objeto de escarnio y sanción.
En todos los casos anteriores la lógica paternalista-autoritaria y la defensa frente al enemigo común se mantiene como una constante.
Síntomas de entendimientos: retroceso democrático
Si la semana pasada detallábamos los mensajes que Washington, a través de diversos sectores de derecha en el país parecía estar enviando al gobierno, esta semana se pueden apreciar signos de acatamiento y acercamiento.
No se trata que desde el régimen se esté diciendo sí, abiertamente a todo lo que propone la Casa Blanca. Se trata de leer las señales, los movimientos. En primer lugar, el régimen continúa profundizando su proceso de desmontaje del Estado de Derecho, y esta semana las organizaciones gremiales policiales, denunciaron en ese sentido la intención de las autoridades de desmontar otra hija de los Acuerdos de Paz, la Policía Nacional Civil, para transformarla gradualmente en una policía militar al estilo de las corporaciones existentes en tiempos de dictadura.
Simultáneamente, desde sectores gremiales municipales se denunció la detención del dirigente sindical, Misael Italmir Gómez, militante del FMLN del municipio de Ciudad Delgado, y empleado de esa alcaldía. La detención se produce el día en que el compañero participó y tomó la palabra en solidaridad, en un acto de protesta de trabajadores municipales de San Martin. También se conoció esta semana el allanamiento de la sede donde funcionan diversos sindicatos y organizaciones de trabajadores, la conocida sede de la Unión Nacional de Trabajadores Salvadoreños, UNTS. ¿Se justifica este tipo de arrestos a través del régimen de excepción?
Al mismo tiempo, mientras un grupo de diputados oficialistas violan la ley y la Constitución de El Salvador viajando a EEUU a participar en actos partidarios con la diáspora, para promover la inconstitucional reelección presidencial, desde la vicepresidencia de la república, Félix Ulloa rebaja hasta el subsuelo su prestigio de jurista, perdido hace años, y afirma en una nefasta participación pública, que las resoluciones de la usurpadora CSJ impuesta por la actual Asamblea Legislativa, resultaban de obligatorio cumplimiento en lo concerniente a la resolución relativa a la reelección presidencial, si un mandatario renuncia seis meses antes del fin de su periodo (¡!)
Ninguna de las acciones descriptas hasta aquí recibieron esta vez sonoras reacciones de rechazo desde sectores de derecha que, en otras ocasiones, se mostraban indignados con mucho menos que esto.
Pero hay dos señales que no deberían pasar inadvertidas. La primera es, precisamente, otra resolución de la Corte Suprema de Justicia de El Salvador. Meses atrás, un delincuente pandillero conocido como “Manicomio” fue solicitado para extradición a EEUU. El pedido fue rechazado, basado en el informe de falta de pruebas de la FGR. Sin embargo, esta semana la misma fiscalía aporta pruebas que permitirían dicha extradición y la Corte determina el envío del delincuente a EEUU para que sea juzgado.
La segunda tiene que ver con la situación de la economía. Como se sabe, la crisis no deja de profundizarse, más allá de algunos datos macroeconómicos que pretende esbozar desde el oficialismo una mejoría, mucho más ficticia y aparente que real, porque día a día la debilidad de la economía familiar se profundiza; a lo que debe sumarse la presencia inminente de una recesión directamente relacionada con el mismo fenómeno en desarrollo en la economía de los EEUU, de la cual El Salvador es directamente dependiente.
En ese marco, y en el del endeudamiento público desatado por el actual régimen, se pueden definir aspectos de vida o muerte para este gobierno, desde el punto de vista del apoyo popular que pueda o no conservar. En este sentido, a principios del próximo año el país enfrenta una obligación de pago de unos 800 millones de dólares. Esta semana el periódico The New York Times, destacó que las inversiones salvadoreñas en BTC registran pérdidas del 60%; menciona, además, que el uso de la criptomoneda entre los salvadoreños se desplomó y el país “se está quedando sin dinero después de que no logró recaudar nuevos fondos de los inversores en criptodivisas”.
El fracaso de los objetivos declarados con la adopción de bitcoin —llevar inversiones al país y servicios financieros a los pobres— ha expuesto las deficiencias del estilo autocrático de gobernar del mandatario, centrado en su imagen, dicen los críticos. “También ha planteado dudas sobre la sostenibilidad financiera de su ambicioso plan para modernizar El Salvador a expensas de la gobernabilidad democrática”, reza el artículo publicado en el NYT.
La respuesta confrontativa del mandatario salvadoreño se expresó a través de sus redes: “¿Desde cuándo el New York Times ha dedicado tanto tiempo y espacio a las iniciativas económicas de El Salvador? Está claro que tienen miedo. Bitcoin es inevitable. Por cierto, dicen que nos dirigimos al incumplimiento. ¿Publicarán una disculpa una vez que paguemos todo a tiempo?”, escribió el presidente en su cuenta de Twitter.
Estos elementos parecen indicar algo que el gobierno del autócrata jamás podrá reconocer, porque sería aceptar que finalmente se ha visto obligado a aceptar los términos de Washington para su supervivencia política, destruyendo en el camino su autoestima.
Nuevos peligros que acechan al pueblo
Si la evolución de los hechos continúa mostrando señales en el sentido indicado, significará para el pueblo salvadoreño, en particular para la izquierda revolucionaria y los sectores honestos de la oposición, que tendrán que reconsiderar sus tácticas e incluso su estrategia, porque el pueblo salvadoreño podría estar frente a una reconfiguración profunda de sus enemigos.
Un entendimiento entre el imperialismo y el régimen autoritario y neofascista de El Salvador arrastrará sin duda a más sectores oligárquicos proimperialistas a sumarse a la entente. Esa reconfiguración del frente enemigo, quizás aclare más el panorama de los posibles aliados del pueblo, en un frente anti-oligárquico y antiimperialista. Pero también desde la izquierda debemos estar conscientes que la lucha será contra una alianza burgués-oligárquica respaldada por el imperio, cuya forma será una dictadura con apariencia de democracia.
Desmontar esa imagen, ese juego de apariencias, para desnudar el carácter dictatorial del régimen, se convertirá sin duda en una tarea de primera importancia. Eso no quitará el hecho de que El Salvador estará corriendo el riesgo como pueblo, de estar repitiendo las luchas antidictatoriales del siglo pasado, en las modernas condiciones del desarrollo tecnológico y las nuevas técnicas de guerra contra los pueblos. No son pocos los desafíos que debemos estar preparados a enfrentar. Sin duda, el puente que une la historia con el presente, es la experiencia de lucha popular y organizada en las calles; esas calles que ayer y siempre, tarde o temprano, dieron siempre la victoria al pueblo.
RLL