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Cinismo y neofascismo

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Cinismo para destruir, dogmatismo para gobernar

Existe una aparente contradicción en el neofascismo contemporáneo: mientras ataca y desmonta con cinismo verdades establecidas (cuestiona las ciencias, las instituciones, la justicia, el Estado de Derecho, etc.), construye dogmáticamente sus propias «verdades» inquebrantables (el enemigo interno, la conspiración globalista, la defensa incondicional del pueblo).

Lo que cuestione al poder neofascista se presenta como mentira inaceptable, pero sus propias afirmaciones, por falsas que sean, se convierten en símbolos de lealtad tribal.

El neofascismo contemporáneo no niega el cinismo: lo instrumentaliza. Consciente de que sus discursos son moralmente transgresores o políticamente incorrectos, los utiliza precisamente para generar la publicidad y la polarización que busca.

Esta actitud le permite negar cualquier crítica ideológica porque, aunque sus seguidores saben que mienten, aceptan la mentira como un arma política legítima.

Esto es evidente en la forma en que figuras como Donald Trump y sus aliados europeos (AfD en Alemania, Vox en España, Fidesz en Hungría, RN en Francia) combinan el desprecio hacia las instituciones democráticas liberales -que permitieron su ascenso- con la promoción dogmática de narrativas conspirativas que se presentan como verdades ocultas que solo ellos se atreven a decir. El autoritarismo subsecuente se presenta como opción válida para “defender al pueblo de las fuerzas que lo amenazan”.

En el Sur Global esta situación se produce en más de un caso. Tomemos el bukelato salvadoreño, que asienta su discurso en una supuesta fuerza hegemónica, que alega contar con 90% de favoritismo popular (jamás comprobado de manera independiente).

Sobre esa falsa afirmación desarrolla un discurso populista que justifica las medidas represivas contra fuerzas que cuestionen su poder, y contra quienes se pregunten acerca del enriquecimiento del clan familiar de gobierno y de sus asociados.

Mientras entorpece todo acceso público a información oficial, decretando secretos y reservas, se presenta ante sus seguidores como adalid de la transparencia y la honestidad. Así ha venido sucediendo en cada etapa de consolidación del neofascismo con características salvadoreñas, pero que perfectamente puede encajar en más de un caso de los modelos en boga en el continente.

Vamos a intentar abordar el tema desde estos dos ejemplos, que pueden ilustrar la actualidad de estas afirmaciones.  Por un lado, la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, de diciembre de 2025 y, por otra, la más reciente maniobra publicitaria del bukelato salvadoreño: el desarrollo de una parodia de repentina transparencia institucional, coincidente con la celebración de sus siete años en el poder, la mayoría de ellos en forma de dictadura, y los últimos dos como usurpación flagrante.

La Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. de diciembre de 2025 (NSS 2025) ejemplifica la lógica del cinismo; mientras cuestiona la legitimidad de la Unión Europea y sus instituciones, promueve dogmáticamente la idea de una «guerra de civilizaciones» y el apoyo explícito a partidos «patrióticos europeos» (neofascistas) como únicos aliados.

Cuestiona a la OTAN y amenaza con abandonarla, pero teje los mecanismos adecuados para que la alianza siga enfrascada en guerras proxis que favorezcan los intereses de Washington que, además, resulta ser su natural proveedor de insumos bélicos.

El neofascismo es la culminación política del cinismo; un sistema que utiliza la desconfianza o desesperanza popular generalizada para imponer un autoritarismo que ya no necesita fingir ser una verdad universal, porque se sostiene en la lealtad ciega a un líder y en la destrucción sistemática de cualquier espacio público autónomo.

No es que ese cinismo corrompa la política, sino que la política neofascista parece haber aprendido a capitalizar el cinismo como una herramienta muy eficaz.

El cinismo político en la NSS 2025 se manifiesta de manera explícita en la ruptura deliberada con décadas de doctrina globalista, reemplazando principios (declarados como innegociables), por intereses económicos y una lógica de poder descarnada.

Un reciente editorial del portal cubano La Tizza, plantea esta situación con claridad: “Si algo valioso tiene el lenguaje de Donald Trump es que es desnudo. No se esconde en eufemismos ni se demora en circunloquios diplomáticos. Su amenaza de enviar un portaaviones a tomar Cuba una vez terminado el trabajo en Irán no es una hipérbole de campaña, ni una pieza más de su caótico estilo negociador, ni una broma de una improbable sobremesa imperial. Es la confesión textual de una política que nunca fue otra cosa que la preparación del golpe final”.

Esa abierta actitud imperial, sin palabras que busquen engañar a su audiencia, tiene también en el cinismo una palanca útil para galvanizar a sus seguidores, con ideas de un poderío que en realidad ha perdido.

El caso de su derrota objetiva en Asia Occidental es ejemplar. No ha logrado imponer sus condiciones a Irán; busca cualquier excusa para cerrar ese episodio, declarando una victoria inexistente. Al mismo tiempo, plantea un nuevo frente de conflicto -que asume, erróneamente, como más vulnerable-, esta vez en Cuba, para continuar aglutinando seguidores y garantizar su repliegue estratégico sobre América Latina y el Caribe.

Para seguir pretendiendo tener una superioridad que fue, pero no parece ya ser, también incursiona fuertemente en su injerencia en asuntos internos de México. La respuesta contundente desde Palacio Nacional resulta interesante, porque puede que esas  respuestas dignas, defensoras de la soberanía nacional, empiecen a manifestarse más frecuentemente como respuesta-desafío en más de un país del continente.

Cinismo hacia el orden internacional

La NSS 2025 constituye un rechazo del llamado «orden internacional basado en reglas» que Washington construyó a partir de 1945. Mientras que la estrategia de 2017 de Trump todavía hacía referencias positivas al Plan Marshall y a la ONU, el documento de 2025 elimina por completo la palabra «valores”, que ni siquiera aparece una sola vez.

El corresponsal de asuntos globales del New York Times, Anton Troianovski, describió el documento como una visión donde «Estados Unidos puede usar su vasto poder para ganar dinero», lamentando que «se ha ido la imagen familiar de EE.UU. como una fuerza global por la libertad, reemplazada por un país enfocado en reducir la migración mientras evita juzgar a los autoritarios, viéndolos en cambio como fuentes de dinero«.

Esta visión es, claro está, la del sector liberal del imperio, que recurría a una retórica garantista en materia de derechos para ejercer su poder e intereses hegemónicos en el mundo. Abordado el tema desde el discurso gramsciano, podemos decir que, agotado el consenso, el imperio recurre a la coerción, y para ello el lenguaje desnudo y las actitudes salvajes del trumpismo resultan más adecuados para la etapa.

La contradicción entre retórica y práctica

El cinismo alcanza sus más elevadas cotas en las flagrantes contradicciones internas del documento. Según el análisis del Brookings Institute, la estrategia proclama a Trump como «El Presidente de la Paz» mientras ordena operaciones militares ilegales contra traficantes de drogas civiles en el Caribe, juega con campañas de cambio de régimen en Venezuela, que terminaron con el secuestro del presidente Maduro y su esposa y, como vimos, avanza en la idea de controlar todo el hemisferio occidental a cualquier costo.

Asimismo, el documento declara que «todos los seres humanos poseen derechos naturales iguales otorgados por Dios«, en notable contraste con el trato cruel hacia inmigrantes. Promete preservar «las ventajas históricas de Estados Unidos en ciencia, tecnología e industria«, a pesar de haber recortado miles de millones en financiamiento de investigación para esas áreas.

En síntesis, el cinismo de la NSS de 2025 no reside tanto en la novedad de sus ideas —todas ellas presentes en el discurso trumpista desde 2016—, sino en la claridad con la que despojan a la política exterior estadounidense de cualquier velo idealista, revelando una visión donde el poder económico, la dominación hemisférica y la política como transacciones económicas, sustituyen principios que, fueran sinceros o no, habían estructurado el comportamiento estadounidense en el mundo durante generaciones.

Siete años de bukelato: dictadura y usurpación de poder

Así como en Europa, también en América Latina y el Caribe la administración Trump privilegia su asociación con corrientes extremistas de derecha, funcionales a su doctrina y planes para la región.

Un exponente de esos regímenes es el bukelato salvadoreño que, sobre el ya mencionado argumento de la popularidad del líder fascista, justifica el aplastamiento del Estado de Derecho, la violación sistemática de la Constitución, la persecución política, y un permanente estado de excepción, ejerciendo así un férreo control social para vigilar cada mecanismo posible al alcance de la oposición. A pesar de esta ruptura con las formas tradicionales de la democracia liberal burguesa se adjudica ser exponente de una nueva democracia, y habla de “la única democracia monopartidista” del planeta.

El cinismo se expresa de manera transversal a lo largo de los años, uno de los ejes sobre los que el régimen ha mantenido control para que su imagen no se deteriore, ha sido la ocultación de todo tipo de información relacionada con el gasto público. Solo mediante investigaciones periodísticas independientes se conocieron casos de enriquecimiento de la familia presidencial y sus socios.

En épocas pre-electorales, como en la que se encuentra El Salvador, las apariencias cuentan. Esto es válido aún en los casos en que el sistema electoral está diseñado para asegurar, sin la sombra de una duda, la continuidad del régimen. Apuesta a renovar una mayoría absoluta parlamentaria para poder seguir gobernando a discreción, violando la Constitución cada vez que resulte conveniente al régimen.

Sin embargo, esto último solo podrá ser posible si logra mantener a las fuerzas de oposición política fuera de la Asamblea. Hasta ahora, las encuestas muestran que eso ya no resultará tan fácil. La dictadura ha perdido respaldo en el país y por eso recurre a impulsar el voto desde el exterior.

Para engatuzar al votante que no vive en El Salvador, después de cinco años de reserva el Ministerio de Hacienda habilitó un portal web para difundir información patrimonial de diputados y alcaldes, cuyas últimas declaraciones públicas databan de 2021. El último registro de patrimonio del presidente de la República es de 2019.

El patrimonio conjunto de los diputados de la Asamblea Legislativa suma $10.8 millones, mientras que el presidente Nayib Bukele declaró un monto de $4.5 millones. Al respecto, la organización Acción Ciudadana hizo un llamado a analizar los datos con reserva, debido a que no existe un mecanismo que permita validarlos o a contrastar su veracidad.

En todo caso, es sólo una expresión del cinismo en la política neofascista de estos días, porque también la encontraremos en cada renglón de las politicas públicas del bukelato. En Salud, aunque los hospitales colapsen, los despidos de personal médico sean masivos y la medicina escasee hasta límites inauditos, el Ejecutivo nos hablará de medicina de primer mundo asentada en la Inteligencia Artificial.

Y qué decir del supuesto “milagro económico” del discurso oficial, mientras crece indetenible la pobreza extrema y relativa, El Salvador sigue siendo el último lugar elegido en la región por capitales extranjeros para invertir. La generación de empleo sigue estancada y la deuda externa crece en términos exponenciales.

Ese cinismo descarado del neofascismo ha trascendido ya el discurso populista de extrema derecha para transformarse en elemento central de su política. Mentira y cinismo se combinan para mantener a sus fanatizados seguidores en la anomia social que prevalece en estos días. Reconocerlo, conocer como opera, será sin duda, el primer paso para desmontar esta fase menos analizada de la forma en que opera el fascismo de nuestros días.

Nota: Mientras cerramos estas líneas van llegando las noticias del resultado electoral en Colombia. Aún es temprano para análisis externos, pero no hay duda que el cinismo aquí expuesto se ha manifestado una y otra vez en la campaña de la extrema derecha; su discurso, pretendidamente rupturista y, en todos los planes, abiertamente retrógrado y reaccionario, parece dar frutos, como los dio en otros lugares con anterioridad.

Por supuesto tampoco debe olvidarse aquí el incesante interés injerencista de Washington, dispuesto a utilizar las mismas jugarretas que ya le dieorn resultado previamente en el continente. Confiemos en el pueblo colombiano para que sea capaz de desmontar en menos de un mes esas intensiones siniestras, superando estos decepcionantes resultados.