Acaban de conmemorarse 46 años del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero cuando celebraba una misa, el 24 de marzo de 1980. Con muertes como la de Monseñor, y de tantos otros clérigos y laicos, el extremismo de derecha pretendía ahogar en sangre y fuego las ansias de justicia de un pueblo eternamente sometido a la explotación de clases dominantes oligárquicas.
Esos sectores no actuaban solos sino apadrinados por fuerzas imperiales, que invertían en estos asesinos para asegurar el control de la región. El resultado fue la aceleración de un proceso de guerra abierta contra un pueblo dispuesto a no dejarse exterminar.
Este 24 de marzo se conmemoraron también los 50 años del inicio de la dictadura cívico-militar-empresarial-clerical, respaldada por sectores ultraconservadores de Estados Unidos. El régimen de terror impuesto significó el exterminio de casi una generación como parte de un plan contrarrevolucionario que se conoció como Plan Cóndor.
Aquella dictadura produjo no solo 30,000 desaparecidos sino cientos de miles de prisioneros políticos, decenas de miles de exiliados y una sociedad dividida entre cómplices y víctimas del sadismo dictatorial.
La superación de ambos hechos traumáticos para esos pueblos de Nuestra América incluyó la decisión de sus sociedades para que Nunca Más se pudieran repetir aquellas escenas dantescas. En ambos casos los pueblos se juramentaron para impedir el retorno a los días más oscuros de su historia.
Las palabras de advertencia de la pensadora alemana Hanna Arendt, quien tanto investigó las causas y esencia del totalitarismo, suenan hoy con tanta fuerza como cuando las pronunció, «Si el totalitarismo ha sido derrotado, nada impide la reaparición de una nueva forma de totalitarismo en el futuro como resultado de una cristalización similar.«
Como en muchos otros casos en el continente, entre los cuales podemos citar el reciente regreso de las ideas nazi-fascistas a Chile, la implantación del creciente terrorismo de Estado en Ecuador, o las expresiones extremistas de derecha que hoy ocupan el Ejecutivo hondureño, aquellas nefastas políticas de élites autoritarias y represivas al servicio de intereses extranjeros, se repiten en este siglo. Aunque con rasgos propios de esta época, su esencia como mecanismo de dominación no ha cambiado.
En el caso de El Salvador, el régimen ha ido avanzando en la conformación de estructuras de control social y hegemonía política con los métodos extremistas de la derecha en boga en estos días.
Por un tiempo, la popularidad presidencial, habitualmente manipulada exageradamente por medio de encuestas ad-hoc, utilizables en momentos de desafíos o de crisis, funcionó como elemento neutralizador de amenazas. Sin embargo, ese recurso ya no parece tener la efectividad de que gozara. Su capacidad de mantener a la gente en el limbo se ha degradado.
Son signos de un poder desgastado y también de una población que, poco a poco, va creciendo en su consciencia de la necesidad de un cambio. Lejos están esos sectores de ser mayoría, pero el camino recorrido a lo largo de estos seis últimos años no es poco. Esto se demuestra también en las reacciones del poder, en el grado de insultos expresados en redes sociales, tanto de los máximos exponentes de la dictadura como de los aplaudidores y reproductores profesionales de mensajes de odio, disfrazados a veces de legisladores, otras de ministros y en no pocas ocasiones de jueces y fiscales.
Al usurpador del poder en El Salvador le duelen, y mucho, los informes que señalan gravísimas y sistemáticas violaciones a los derechos humanos adjudicadas a su gobierno. Pretende negar que esas denuncias le afecten, pero es más fuerte que él. Le lastima porque derrumba la falsa imagen montada hacia el exterior.
La caída de esas máscaras revela el verdadero rostro de la dictadura; uno sangriento y sádico, el de un régimen cercenador de libertades, aniquilador de vidas, empeñado en transitar el camino del odio, la tortura, la violencia de los poderosos contra el débil. La patraña de la dictadura cool voló lo por los aires.
Obsesiones que no cesan
De norte a sur del continente americano han ido surgiendo gobernantes con similares fobias y obsesiones, negacionistas que disfrazan su anti-cientismo con poses seudo científicas.
Quienes reniegan de la ciencia suelen ser personas influenciadas por sesgos cognitivos, falta de formación crítica, ideologías extremas o desconfianza en instituciones, manifestándose en movimientos antivacunas, negacionistas del cambio climático o visiones anticientíficas basadas en dogmas religiosos o culturales, como algunos fanáticos de los movimientos Pro-Vida.
Cada una de estas expresiones se ha ido manifestando a lo largo del primer cuarto del siglo XXI, en estilos de gobierno autoritarios, políticamente atrasados, con rasgos crecientemente fascistas. La pandemia de COVID 19 sirvió de escenario y, en muchos casos, de ensayo general para formas extremas de dominación y control social, que se fueron desarrollando en diversos gobiernos de la región.
Bolsonaro, Bukele, Trump saltan de inmediato a la memoria al recordar aquel periodo, aunque cada uno haya tomado posturas distintas ante el desafío pandémico inicial. Sin embargo, ellos y otros que fueron accediendo a gobiernos en años posteriores, como el caso de Noboa en Ecuador, o los recientes cambios ideológicos en varios Ejecutivos centroamericanos, tienen en común ese conservadurismo rupestre y arcaico con respecto a la sociedad.
Visión y discurso contradictorios, porque mientras persiguen y combaten la diversidad sexual, niegan el cambio climático, rechazan el discurso de género y todo aquello que llaman políticas “woke”, declarándose pro-vida y emprendiendo cruzadas contra la eutanasia y el aborto, se recubren a la vez de mantos de modernidad tecnológica, inteligencia artificial aplicada y el universo de redes sociales. El disfraz no oculta, en todo caso, sus mentalidades medievales y machistas, clasistas y odiosas.
Hay, por supuesto, intereses económicos; sectores que descalifican hallazgos científicos (por ejemplo, en temas ambientales) para proteger intereses particulares y, en su caso, abordar formas de control efectivo de gobiernos para hacer prevalecer esos intereses, como la minería metálica en El Salvador.
La falta de educación científica, la saturación de información errónea y la desinformación organizada en redes sociales son factores clave que fomentan estas actitudes.
No se trata de obsesiones individuales, sino que parecen ser comunes a los fascistas de estos tiempos, los neofascistas de este siglo XXI plagado de maldad y desgracias para la humanidad; nuestra parte del mundo, que está gobernada por personajes incapaces de sentir empatía hacia nada que no sea su círculo cercano de poder, y al que solo le importa la vida de los suyos, aunque conlleve al aniquilamiento del resto de la humanidad.
Estos personajes profundamente atrasados y en buena medida distópicos, comparten varias de sus fobias como, por ejemplo, su odio contra George Soros y sus fundaciones, contra posiciones de izquierda y progresistas, contra la exigencia de rendición de cuentas, contra el feminismo y las luchas de género, contra la defensa del medio ambiente y los ambientalistas, contra los organismos de derechos humanos, entre muchos otros temas.
Al principio, cuando aún estas corrientes reaccionarias no se imponían en muchos países, sino que eran casi expresiones excepcionales, “anomalías que podrían revertirse en la siguiente elección”, esos mandatarios cuidaron un poco las formas; más de uno llegó al gobierno con promesas de transparencia y modernidad, de apoyo a las luchas de las minorías, con muestras de aparente empatía hacia causas como el feminismo, el medio ambiente o el apoyo a la autonomía universitaria; el favor juvenil les resultó imprescindible. Recordemos al hoy guerrerista Trump prometiendo acabar con todas las guerras.
Pero hoy, ya consolidados en el poder y respaldados en el manto de impunidad que Donald Trump pretende garantizar desde Washington, se han desatado las verdaderas filias y fobias. Su proyecto se pone en marcha a toda velocidad.
La independencia de poderes es aplastada, las formas militarizadas y represivas de control social se hacen presentes, las amenazas contra cualquier pensamiento divergente y un nuevo código de leyes, profundamente injustas, pero incuestionablemente favorables a los intereses de las élites que se impusieron al frente de los Estados, van marcando el camino.
Cualquier crítica es recibida como un insulto y respondida, en consecuencia, con insultos. No basta con responder, es necesario demonizar las posiciones, llevarlas al extremo, esperando que la sociedad, esa víctima y esclava de la manipulación mediática desde el poder, haga suya las banderas y exprese su odio a lo que sus opresores odian.
Así está sucediendo con las organizaciones de DDHH y el periodismo independiente en El Salvador. Ante el demoledor informe GIPES, la respuesta es encontrar cualquier excusa, como un caso de eutanasia al otro lado del planeta, que sirva de pretexto para declarar su guerra santa, culpar a TODOS los organismos de DDHH del mundo, y a todos los activistas locales y extranjeros, de todos los males del planeta.
Creyendo que el mundo en su conjunto está tan lobotomizado como la sociedad a la que moldeó en seis años de mentiras sin tregua y discursos de odio y confrontación, lanza su campaña contra los pilares del derecho internacional, y pretende que el mundo reniegue de cualquier política humanitaria para abrazar una nueva: la suya y la de sus odiosas y despreciables élites reaccionarias, que están llevando al mundo al holocausto.
Urge frenar a estos fanáticos. Son igualmente peligrosos en países gigantescos como Estados Unidos, o minúsculos como El Salvador o Israel. Sus proyectos llevan el mundo a su posible extinción, convencidos que las únicas que merecen salvarse son sus élites reaccionarias y feudales.
Su expresión tercermundista, como los planes para los países de América Latina y el Caribe, significa un retroceso a los tiempos pre-independentistas, con visiones neo-coloniales al servicio de Washington. A nivel local, tras el discurso tecnológico se oculta la idea de una sociedad poco educada, con bachilleratos técnicos que califiquen mano de obra a disposición de la maquila del siglo XXI, tecnológicamente orientada pero, al fin y al cabo, ensambladora de partes y equipos.
Se deteriora todo el sistema educativo por desfinanciación estatal mientras se aparenta avances en la materia con anuncios de nuevos programas educativos que jamás ven la luz. Justifican el ahogo financiero universitario público con declaraciones de altos funcionarios señalando que “no todos los jóvenes tienen por qué estudiar en la universidad para triunfar”.
Buscan asegurar a las transnacionales mano de obra adecuada y económica para satisfacer las necesidades de explotación y plus valía. Con cada medida que adoptan, sienta las bases para la profundización de la dependiencia y la construcción de una mentalidad neocolonial.






