Una gigantesca responsabilidad histórica

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Por Ricardo Ayala
Educador Popular y militante

Entre los análisis de la izquierda salvadoreña para recuperar su terreno perdido existen dos factores claves a debatir: cuánto tiempo demorará el presidente y el gobierno en desgastarse por sus promesas cumplidas o no ante el millón y medio de votantes que lo eligieron, y, por otra parte, cuánto tiempo demorará la izquierda para superar sus dicotomías, construir un nuevo proyecto de transformación social y construir la correlación política y social de fuerzas necesaria para impulsarlo.

Dos preguntas que, a la luz del inicio del segundo gobierno electo inconstitucionalmente, son válidas enteramente debido a la holgura lograda en las urnas por el voto masivo gracias al éxito de Bukele en materia de seguridad (así como a su estrategia mediática) y a las divergencias entre los diferentes sectores de la izquierda salvadoreña, que incluye inexorablemente al FMLN en buena medida.

En cuanto a la primera pregunta, cuánto tiempo demorará el gobierno en perder respaldo de sus votantes es un factor que no depende únicamente de lo que la izquierda haga o deje de hacer, sino de la capacidad propia de este para materializar o no las promesas hechas a sus electores. Si durante su primer gobierno el combate a las pandillas catapultó a Bukele a la reelección, en este inconstitucional segundo gobierno su desafío principal es el económico, según el consenso en los análisis de todo el espectro político y del mismo presidente en su discurso de toma de posesión el pasado 1 de junio.

De entrada, este desafío representa una aguda contradicción a partir de los intereses de sectores contrapuestos: o satisfacer los intereses económicos de la inmensa mayoría del pueblo empobrecido históricamente, o satisfacer los intereses económicos de la oligarquía neoliberal aliada al grupo económico emergente de Bukele. La única opción que tiene para intentar sortear esta disyuntiva y “estar bien con Dios y con el diablo” es fuera de los márgenes del neoliberalismo, el imperialismo y la contraofensiva ultraderechista global: China, Rusia y los BRICS (por su puesto, si EE. UU. y el Pentágono se lo permiten).

Que el gobierno sea capaz o no de resolver las paupérrimas condiciones de vida del pueblo salvadoreño, no es el factor determinarte para que la izquierda recupere terreno ya que un eventual fracaso en los planes económicos del gobierno y un agravamiento en las condiciones de vida de las inmensas mayorías automáticamente no se traduce en un respaldo a un proyecto de izquierda, contrario a los dogmas del determinismo económico que han impregnado el pensamiento revolucionario. En tiempos de crisis, las fuerzas políticas dominantes solo pueden fracasar si sus oponentes saben aprovechar sus debilidades, errores e insuficiencias, así como construir la correlación social de fuerzas necesarias y elaborados su programa y estrategia para derrotar a los dominantes.

Precisamente, con respecto a la segunda clave a debatir por la izquierda, cuánto tiempo demorará esta para superar sus divergencias, elaborar su proyecto de transformación social y construir la fuerza popular necesaria, es algo que depende de la madurez para converger, debatir y construir sin hegemonismos, dogmatismos ni sectarismos banales que únicamente retardan más las posibilidades de alternativas de lucha emancipadora contra los dominantes.

Ahí está la clave para encontrar los caminos de una recuperación del proyecto de transformación revolucionaria en El Salvador, lo que puede resultar fácil decirlo, pero no hacerlo. Muchos esfuerzos, recursos y tiempos demandarán esta titánica tarea. Entre más tarde inicie ese camino más se retrasa el surgimiento de una alternativa popular, así como más vulnerable queda la sociedad ante la avalancha ideológica conservadora que se cierne sobre todo el mundo, cercenando las esperanzas por transformarlo.

En las manos de la izquierda salvadoreña y del FMLN está una gigantesca responsabilidad histórica. Cumplámosla con igual o mayor esmero y compromiso.