26 de julio: Las derrotas siempre son circunstanciales

Jóvenes, pobres y mal armados

Ciento veinte tipos mal armados, una docena de autos, otras tantas escopetas y un plan detallado hasta el último milímetro. La idea es tomar por sorpresa dos cuarteles, generar confusión y apoderarse de las armas suficientes para iniciar la fase armada de la lucha contra el dictador ante el fracaso de todos los métodos de lucha. Porque no hay nueva época sin nuevas maneras de hacer las cosas. La acción, según su ideólogo, sería la chispa para arrancar un motor incontenible: la participación del pueblo para lograr la verdadera independencia, soberanía y las transformaciones necesarias para sacar de la miseria a millones de compatriotas. Tres son los jefes de la acción y son los únicos que conocen la totalidad de ese conjunto de movimientos, tiempos, lugares, mapas y objetivos; los demás confían en ese grupo y sus ideales, ya hartos de la politiquería y los liderazgos traicioneros, los jóvenes están decididos a actuar para liberar a su Patria.

Es de madrugada y el cielo pasa de violáceo a anaranjado. La ciudad en fiestas de Carnaval (era parte del plan aprovechar ese contexto para el desplazamiento y la acción) y el convoy de autos sale de la granja Siboney, a las afueras de la ciudad. En  menos de media hora están a unas cuadras de los edificios a tomar. El conductor del segundo auto, un joven abogado de impresionante oratoria y jefe militar de la operación observa un patrullero que está donde no debía estar, los guardias se percatan de que algo no anda bien y comienzan a levantar sus armas. El automóvil embiste a los guardias, se bajan con su escopeta en mano; de otro carro, otros de sus hombres inician los disparos… pero no es el momento ni el lugar previsto, no están aún en el cuartel. El jefe, sabe que iniciaron mal. Es el 26 de julio de 1953 y Fidel Castro lidera una acción para asaltar el cuartel Moncada en Santiago de Cuba. Empiezan mal, pero empiezan.

La dictadura de Batista

Fulgencio Batista no era de los que alguien dijera que llegaría a Presidente, pero sus ambiciones de militar eran tan grandes que fue escalonado hasta fraguar un Golpe de Estado el 10 de marzo de 1952 ante el inminente triunfo del Partido Ortodoxo, en las elecciones presidenciales de ese año.

Iniciaba así una de las etapas más tristes de la historia de Cuba, no solo por la desenfrenada violencia que tiñó de sangre y luto a todo el país, sino por la complicidad que se tuvo para abrir las puertas de la isla a los yanquis, incluyendo a la Mafia, quienes veían la isla como un gran casino o un destino de desenfrenado y ostentoso placer frente a las mayorías que miraban como se lavaban los dólares en las costas mientras se empobrecían cada día más.

“El ochenta y cinco por ciento de los pequeños agricultores cubanos está pagando renta y vive bajo la perenne amenaza del desalojo de sus parcelas. Más de la mitad de las mejores tierras de producción cultivadas está en manos extranjeras. En Oriente, que es la provincia más ancha, las tierras de la United Fruit Company y la West Indies unen la costa norte con la costa sur. Hay doscientas mil familias campesinas que no tienen una vara de tierra donde sembrar unas viandas para sus hambrientos hijos y, en cambio, permanecen sin cultivar, en manos de poderosos intereses, cerca de trescientas mil caballerías de tierras productivas”, describe Fidel en su alegato de defensa.

Todo intento de oponerse políticamente a Batista fue baldío. Fidel y los universitarios no podían dejar morir al Maestro José Martí en su Centenario, y comenzaron a preparar la lucha armada como el único camino, ante la anulación de todas las demás formas.

El armado del operativo

Están vestidos con uniformes del ejército batistiano, para despistar al enemigo, para sembrar confusión, para aprovechar el factor sorpresa. El objetivo es dominar la guarnición, tomar las armas y salir, para distribuirlas en diversas zonas de Santiago. Los soldados serían sorprendidos al amanecer, mientras duermen. Fidel y sus hombres tomarían la jefatura, otro grupo comandado por Abel Santamaría coparía el Hospital Civil, mientras que Raúl y su columna se encargarían del Palacio de Justicia. Pero el plan es frustrado por ese patrullero que no estaba en los cálculos.

¿Cómo pasar de las calles, la lucha estudiantil, sindical a articular un grupo, entrenarlo, armarlo, y derrocar al Tirano? Tanto era el empeño de estos jóvenes que el “Movimiento” como primero se le llamó, ya tenía a inicio de 1953 más de mil hombres y mujeres. Y fue de pueblo humilde y trabajador, de pueblo campesino y patriota, junto a todas las buenas voluntades de quienes priorizaron la Patria por encima del dinero y con sus aportes se fue organizando.

Diversos sitios públicos, la propia Universidad, clubes de caza y zonas rurales cercanas a La Habana fueron escenario de los entrenamientos. Un alto sentido del deber y disciplina, permitieron la compartimentación necesaria y alistarse para una acción de envergadura como inicio de la nueva fase de lucha revolucionaria.

“El 26 de julio de 1953 una centena de jóvenes revolucionarios llevó a cabo un plan contra la dictadura de Batista, en Cuba. A pesar de la planificación rigurosa y el esfuerzo heroico, la misión terminó en una derrota militar; pero sabría convertirse en una victoria estratégica que desembocaría en la Revolución cubana unos años más tarde”

Años más tarde Fidel contará que se entrenaban en campos de practica de tiro de forma legal ya que la dictadura los subestimaba. En esos años había varios grupos opositores y todos estaban armados. Por esa razón el “movimiento” no era considerado una amenaza de gran importancia para el régimen y daba cierto margen de maniobra para moverse por el país y hasta para comprar escopetas de caza en las armerías de la isla con el poco dinero que contaban, y hasta con el que inventaban a modo de cheques. 

Mientras los políticos de esa época gastaban dinerales en comprar conciencias y los integrantes del gobierno vivían en grandes lujos, Fidel luego relata como ese grupo de jóvenes revolucionarios adquirió los recursos para financiar el operativo:

“Nuestros medios se reunieron con ejemplos de sacrificio que no tienen paralelo, como el de aquel joven, Elpidio Sosa, que vendió su empleo y se me presentó un día con trescientos pesos para la causa; Fernando Chenard, que vendió sus aparatos de su estudio fotográfico, con el que se ganaba la vida; Pedro Marrero, que empeño su sueldo de muchos meses (…) Oscar Alcalde que vendió su laboratorio de productos farmacéuticos; Jesús Montané, que entrego el dinero que había ahorrado durante más de cinco años; y así por el estilo muchos más” .

Enfrentar a la Dictadura con una acción armada directamente en la Capital no parecía la mejor opción. Sin embargo, mejores condiciones ofrecían el Oriente. Fuertes plaza militares, bien equipadas, y la intrincada Sierra Maestra prometía un escenario favorable.

La idea era tomar el Cuartel Moncada en Santiago, tener todo lo posible, levantar la ciudad en armas y desde ahí iniciar una insurrección nacional. Como parte estratégica del plan, debía tomarse también el cuartel de la ciudad de Bayamo, distante poco más de 100 km, pero además de cortar cualquier intento de ayuda a Santiago, permitiría armar y reagrupar fuerzas para apoyarnos insurrección.

Pura creatividad y derroche de heroísmo fue el traslado de las armas, los uniformes, y de los propios combatientes. Hermosa contribución de la mujer cubana, esas que llevan en la sangre los genes de Mariana Grajales. Buena parte de las acciones de mayor peligro en los preparativos, fueron asumidas por ellas.

La acción

Lo que con tanto esmero fue preparado, parecía predestinado por la historia a no concretarse en sus objetivos. Camino a Santiago, Fidel se detiene en Bayamo y última detalles con el grupo que ya estaba allí. Sincronizan relojes, se abrazan y despiden. La próxima vez que se vieran debía ser en el camino certero de libertar a Cuba tras el éxito de la acción. Más no fue así.

Ambas acciones se iniciaron a la hora prevista. En ambas el factor sorpresa (que era vital) se perdió. Y no se concretó la toma de los cuarteles. Mientras Abel Santamaría logra tomar el hospital militar y otro grupo logra disminuir a los guardias del palacio de justicia sin tirar un solo tiro, y sin insultar a nadie.  El grupo más grande, el comandado por Fidel no logra el cometido de llegar a la comandancia y desde allí dominar el escenario. La alarma del cuartel se enciende y es ensordecedora, las balas empiezan a repicar cerca de los combatientes, los soldados están en aviso, se descubrió el plan. Fidel sabe que sin el factor sorpresa es imposible lograr la misión, intenta reagrupar a la tropa, no pierde la iniciativa, pero ya es tarde: anuncia con amargura la retirada. Meses y meses de planificación se disuelven en minutos. En los otros edificios la resistencia es heroica. 

Le siguió una retirada  desorganizada y fragmentada, y una persecución al estilo de fiera herida que busca venganza y que solo un mar de sangre sacaría de su odio. Muchos combatientes son capturados y asesinados en su escapada: “Nuestras pérdidas en la lucha habían sido insignificantes; el noventa y cinco por ciento de nuestros muertos fueron producto de la crueldad y la inhumanidad cuando aquélla hubo cesado.”, denunciará luego Fidel en La historia me absolverá.

La búsqueda es implacable. Su cadáver debía ser expuesto como trofeo y acción ejemplarizante de que una acción así no se toleraría en Cuba.

La fatiga, la desorientación y la delación entraron en juego y Fidel es capturado por una fuerza del ejército comandada por el Teniente Sarria, militar de carrera, que no respaldaba el baño de sangre que veía, y también, por esos caprichos de la historia, Masón al igual que Martí, al igual que otros padres fundadores como Maceo, Perucho, Aguilera y Céspedes. “Las ideas no se matan” dijo, frenando a las hienas que querían matar a Fidel. Sarria lo apresa, sí, pero en vez de entregarlo a la Policía, lo hace al Juzgado y lo hace público. Así cumplía con su deber, pero salvaba la vida a quien luego sería el Comandante en Jefe de la triunfante Revolución.

La historia me absolverá 

En el juicio, Fidel asume su propia defensa. Más que usar la palabra y las leyes para defenderse de las acusaciones en su contra, tomar su defensa le permite pasar de acusado, a acusador, y denuncia todos los males que aquejan a la Nación. Así, en este documento ya histórico, ese joven abogado de bigote fino puede argumentar el motivo que tuvieron para levantarse en armas. Cuando le preguntan quién era el autor intelectual de los hechos, no dudó en decir: fue José Martí, pues siempre fueron sus ideas fecundas las que animaron cada acción. “Condenadme, no importa, la historia me absolverá” dijo Fidel. Y fue absuelto por la historia.

En este alegato de autodefensa, Fidel no solo denuncia, sino que devela cuál es el programa de la Revolución, el mismo que pasó a paso fue llevando a hechos después del triunfo de enero del ’59:

1) Devolver al pueblo su soberanía; 2) Conceder la propiedad de la tierra a los campesinos; 3) Derecho de los obreros a participar del treinta por ciento de las utilidades de las grandes empresas; 4) Derecho a participar de los campesinos en el 50 % del rendimiento de la caña y una cuota mínima a todos los pequeños colonos; 5) Confiscación de todos los bienes a todos los malversadores de todos los gobiernos. Se aclaraba en ese programa – que no quedó escrito, pero si guardado en la memoria de los revolucionarios, y luego puesto en la posteridad por el alegato de Fidel Castro-  que la política internacional sería de estrecha solidaridad con los pueblos del continente. 

También en este alegato, que se convertirá en un documento político de trascendencia para las generaciones futuras, el entonces nuevo referente cubano hecha los conceptos que la izquierda latinoamericana y popular tendrá en su mochila teórica y política:

“Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa; la que esta movida por ansias ancestrales de justicia ; por haber padecido la injusticia, y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en su misma, hasta la última gota de sangre “

De derrota militar a victoria estratégica

La derrota es a menudo el comienzo de la política. La Memoria de las derrotas, muchas veces sirve como combustible para las victorias futuras y eso es una de las enseñanzas más fuertes del proceso revolucionario en Cuba. Como dicen los y las cubanos/as: “una sola revolución, la que inició  Carlos Manuel de Céspedes en 1868, y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes” dijo Fidel años después, ya en Revolución. Se refería a las luchas desde el ejército de mambises que con sus manos enfrentaban los fusiles españoles, la guerra revolucionaria liderada por Martí, la insurrección del ’33, hasta la victoria del ’59. Cada avance y cada derrota fueron poniendo los cimientos de la propia identidad cubana, de la propia revolución socialista en Cuba y en Nuestra América toda. No se trata de luchar con la fuerza a una fuerza superior o contra el sentido común, se trata de cambiarlo. Y los gestos de derrota llenos de dignidad logran ese resultado. Fidel sabía que debía hacer una revolución no solo sin el ejército sino “contra el ejército”.

No siempre es cierto que si se pierde no se gana nada. No es igual morir como el Che o como Abel Santamaría, que como los asesinos del pueblo cubano fusilados en La Cabaña al triunfo revolucionario. Por eso, la legitimidad de las revoluciones se basa en las acciones de honestidad, de dignidad y de entrega, salgan bien o salgan mal, como sucedió en el intento de copar el Moncada y el Cuartel de Bayamo, porque en última instancia, la victoria futura es la que vindica el recorrido plagado de pruebas y errores. El pueblo se reconoce en los gestos de humanidad, en la justicia, pero nunca en la crueldad. Por eso no hay victoria del ’59 sin el 26 de julio de 1953, por eso el exitismo sin contenido no garantiza nada. Pero al mismo tiempo, la moral sin vitoria tampoco es útil para los oprimidos. Fidel y los rebeldes antibatistianos estaban claros, tenían moral, pero también un proyecto revolucionario… y lo cumplieron.

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Gonzalo Armúa y Alcides García Carraza

Fuente: https://correodelalba.org/

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