La bota imperial al acecho de Latinoamérica

Desde 1998, América Latina ha forjado su futuro de manera independiente y con autonomía, los gobiernos de izquierda revolucionaria y progresista comenzaron a surgir a finales del siglo pasado con la irrupción del movimiento V República y el ascenso de Hugo Rafael Chávez Frías al ejecutivo de Venezuela. Ya Cuba había trazado su destino casi 40 años atrás. Esto era el despertar de la larga noche neoliberal y el amanecer de un futuro con esperanza para las clases populares.

ADos décadas han pasado y con ello, la embestida imperial no se ha hecho esperar, el patio trasero, por el cual EE.UU se sentía cómodo y seguro, le ha infringido sendos reveses en la idea de seguir sometiendo a los pueblos latinoamericanos a su antojo; Venezuela, que por mucho tiempo fue dirigida por un gigante de la talla de Hugo Chávez, ha resistido los embates de esa colosal potencia. La geopolítica actual caracterizada por la demencial estrategia de Trump, pretende derrocar a un gobierno legítimamente electo por voto popular. El presidente de la República Bolivariana, Nicolás Maduro, sigue resistiendo; en este marco se vuelve interesante lo que ocurra en El Salvador, ya que con el FMLN se había tenido un aliado en defensa de Venezuela y contra la política militar de los EE.UU.

Sería ingenuo pensar que el imperialismo no juega un papel trascendental en los procesos internos de los países de la periferia como, en este caso, sus intenciones de desplazar al FMLN del Ejecutivo. Por el contrario, el gobierno de Estados Unidos ha dado muestras claras sobre su beneplácito con las decisiones del presidente electo Nayib Bukele y sus asesores.

El presidente electo, en sus primeras actividades mostró señales de como será la relación con los EE.UU. En primer lugar, el futuro gobierno de Bukele dio muestras de sumisión y servilismo ante los funcionarios norteamericanos al permitir que sus más allegados asesores reconocieran al espurio auto-nombrado “presidente” Juan Guaidó, siguiendo las directrices de Washington y preparando la celada diplomática orquestada por Donald Trump.

Posteriormente, la reunión de Bukele con la embajadora estadounidense Jean Manes no solo fue una visita de cortesía hacia el nuevo gobierno;  fue más bien una evidente señal del control  que ejercerá EEUU sobre los actores políticos ganadores de las elecciones del pasado 3 de febrero. Esa junta sirvió para demostrar quién estuvo detrás de la candidatura de Bukele y para reclamar los intereses imperialistas en El Salvador.

Con estas señales, Nayib Bukele, se asegura tener apoyos para comenzar a gobernar. Atrás queda su tinte progresista en el que muchos de sus votantes fueron engañados con la posibilidad que fuera de izquierda y le endosaron su apoyo electoral. Ahora ya con su gane asegurado, sale a relucir las intensiones del grupo de la derecha que apoyó a GANA y Nuevas Ideas.

Es evidente que la arremetida hacia el FMLN y el gobierno coincide cada vez mas con el proceso de desestabilización que se vive en América Latina, donde el principal objetivo es acabar con los partidos que ha acompañado al pueblo en sus diferentes luchas y reivindicaciones.

La importancia de que la derecha retomara el control del ejecutivo en El Salvador eran vitales para seguir desarrollando la agresión imperialista contra los procesos progresistas de la región, en especial Nicaragua, Cuba y Venezuela. Sin embargo, aquellos que dan por derrotado al FMLN se equivocan, el proceso de redefinición que este partido realiza será la continuidad de la lucha gestada desde hace mucho tiempo por las generaciones de revolucionarios en El Salvador.